Soy María, tengo 47 años y soy la madre de un niño autista al que llamaremos Jonathan.

Jonathan nació con un trastorno moderado del espectro autista que, desde los primeros años, le afectó también el cuerpo.

Siempre ha tenido dificultades para mover las extremidades, tanto para los movimientos complejos como para los más simples, como por ejemplo sujetar un bolígrafo y escribir. Hemos probado todo tipo de terapias: desde las farmacológicas hasta las psicológicas. Afortunadamente, los profesionales que nos han ido atendiendo siempre nos han ayudado mucho, y con el tiempo empezamos a ver progresos, pero nos faltaba algo más, algo que cambiasería la situación y traería algo de luz a nuestras vidas.

Decidimos, bajo consejo médico, inscribirlo en clases de natación con la esperanza de que algo cambiase.

Bueno, tres meses después Jonathan ha mostrado un desarrpññp muscular sorprendente distribuido más o menos por todo el cuerpo. Puede ponerse de pie con la ayuda de un adulto, sostener un lápiz y escribir su nombre, y también ha mejorado en términos de confianza en sí mismo y en su cuerpo.

Lo más sorprendente ha sido las mejoras que ha habido en el campo emocional y social de nuestro hijo: creíamos que el contacto con el entrenador lo haría más di´ficil, pero tuvimos que cambiar de opinión inmediatamente.

El contacto con el agua, la posibilidad de expresarse de una manera diferente a la que no estaba acostumbrado y la presencia de una nueva persona que cuida de él ha hecho que se vuelva más sereno y tranquilo.

Siempre estaremos agradecidos al profesor y al papel que han tenido las clases de natanción en su crecimiento, ¡gracias!